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Ricitos de Oro y la Casa Extraña
Había una vez una niña de rizos dorados que no se parecía mucho a las demás.
Le decían Ricitos, pero a ella le hubiera gustado un apodo más misterioso, como “Sombra Dorada” o “La del Bosque”.
Un día, aburrida de su ciudad gris y llena de ruido, se metió en un sendero torcido que no aparecía en los mapas. Los árboles parecían susurrar secretos, y las ramas se doblaban como brazos que quisieran detenerla.
Al final del camino, Ricitos encontró una casa. No era una casa cualquiera: las ventanas parecían ojos, y la puerta crujió al abrirse como si bostezara después de un mal sueño.
—Vale… esto no da miedo para nada —murmuró, medio riéndose, medio temblando.
En la mesa de la cocina había tres vasos.
El primero era verde y burbujeante. Ricitos lo probó y puso cara de “¿en serio?”.
—Sabe a brócoli mezclado con rayos láser —dijo, apartándolo.
El segundo era tan dulce que casi le dolieron los dientes.
—¿Quién bebe esto? ¡Pura azúcar líquida! —bufó.
El tercero era suave, de plátano y avena.
—Ok, este me lo quedo. —Y se lo bebió de un trago.
En el salón había tres sillones esperando como si fueran tronos raros.
El primero vibraba y hacía luces como una feria abandonada.
—Paso. No quiero despegar en una nave espacial —dijo, levantándose mareada.
El segundo era tan duro que parecía de piedra.
—¿Qué es esto? ¿Un sillón o un castigo medieval?
El tercero la abrazó como si estuviera hecho de niebla y plumas.
—Perfecto. Aquí me quedo.
Subió las escaleras que chirriaban como dientes viejos.
La primera cama tenía tantas almohadas que parecía una nube a punto de tragarla.
—No, gracias. No quiero morir por aplastamiento de cojines.
La segunda era tan dura como el suelo.
—Imposible. Ni un murciélago dormiría aquí.
La tercera, con sábanas que olían a lavanda y un colchón mullido, parecía susurrar: “duerme, pequeña intrusa”.
Y Ricitos, sin pensarlo más, se quedó dormida.
Entonces llegaron los dueños de la casa: Papá Oso, Mamá Osa y un Osito con cara de pocos amigos.
No eran monstruos, pero sí tenían algo extraño: ojos grandes, voces profundas y un aire teatral.
—Alguien ha probado mi batido verde —gruñó Papá Oso, como si narrara una tragedia.
—Y alguien ha vaciado el mío de plátano —se quejó Osito, con tono dramático.
—Alguien ha usado mi sillón favorito —dijo Mamá Osa, levantando una ceja.
—Y alguien está… ¡en mi cama! —gritó Osito, casi divertido.
Ricitos abrió un ojo, vio a los tres osos y, en lugar de gritar, suspiró:
—¿En serio? Solo estaba probando. ¿No podíais poner un cartel de “se busca intrusa”?
Los osos se miraron, sorprendidos. No esperaban que una niña hablara con tanta calma en su propia casa encantada.
Mamá Osa sonrió con ironía:
—Bueno, al menos eres educada. Pero la próxima vez toca la puerta.
Papá Oso asintió:
—O grita. O no entres. En fin, cualquier cosa menos beberse el batido de otro.
Osito, sin poder evitarlo, rió:
—Aunque… si quieres, mañana hacemos otro. Pero yo elijo el sabor.
Ricitos se levantó despacio, dio un giro con sus rizos dorados como si estuviera en un teatro y dijo:
—Trato hecho. Pero solo si me dais la receta de ese batido de plátano.
Y así, entre sarcasmos, promesas y un aire raro de amistad, nació una historia que nadie olvidó:
la de una niña excéntrica y tres osos que aprendieron que lo diferente, a veces, es justo lo que necesitas.
Le decían Ricitos, pero a ella le hubiera gustado un apodo más misterioso, como “Sombra Dorada” o “La del Bosque”.
Un día, aburrida de su ciudad gris y llena de ruido, se metió en un sendero torcido que no aparecía en los mapas. Los árboles parecían susurrar secretos, y las ramas se doblaban como brazos que quisieran detenerla.
Al final del camino, Ricitos encontró una casa. No era una casa cualquiera: las ventanas parecían ojos, y la puerta crujió al abrirse como si bostezara después de un mal sueño.
—Vale… esto no da miedo para nada —murmuró, medio riéndose, medio temblando.
En la mesa de la cocina había tres vasos.
El primero era verde y burbujeante. Ricitos lo probó y puso cara de “¿en serio?”.
—Sabe a brócoli mezclado con rayos láser —dijo, apartándolo.
El segundo era tan dulce que casi le dolieron los dientes.
—¿Quién bebe esto? ¡Pura azúcar líquida! —bufó.
El tercero era suave, de plátano y avena.
—Ok, este me lo quedo. —Y se lo bebió de un trago.
En el salón había tres sillones esperando como si fueran tronos raros.
El primero vibraba y hacía luces como una feria abandonada.
—Paso. No quiero despegar en una nave espacial —dijo, levantándose mareada.
El segundo era tan duro que parecía de piedra.
—¿Qué es esto? ¿Un sillón o un castigo medieval?
El tercero la abrazó como si estuviera hecho de niebla y plumas.
—Perfecto. Aquí me quedo.
Subió las escaleras que chirriaban como dientes viejos.
La primera cama tenía tantas almohadas que parecía una nube a punto de tragarla.
—No, gracias. No quiero morir por aplastamiento de cojines.
La segunda era tan dura como el suelo.
—Imposible. Ni un murciélago dormiría aquí.
La tercera, con sábanas que olían a lavanda y un colchón mullido, parecía susurrar: “duerme, pequeña intrusa”.
Y Ricitos, sin pensarlo más, se quedó dormida.
Entonces llegaron los dueños de la casa: Papá Oso, Mamá Osa y un Osito con cara de pocos amigos.
No eran monstruos, pero sí tenían algo extraño: ojos grandes, voces profundas y un aire teatral.
—Alguien ha probado mi batido verde —gruñó Papá Oso, como si narrara una tragedia.
—Y alguien ha vaciado el mío de plátano —se quejó Osito, con tono dramático.
—Alguien ha usado mi sillón favorito —dijo Mamá Osa, levantando una ceja.
—Y alguien está… ¡en mi cama! —gritó Osito, casi divertido.
Ricitos abrió un ojo, vio a los tres osos y, en lugar de gritar, suspiró:
—¿En serio? Solo estaba probando. ¿No podíais poner un cartel de “se busca intrusa”?
Los osos se miraron, sorprendidos. No esperaban que una niña hablara con tanta calma en su propia casa encantada.
Mamá Osa sonrió con ironía:
—Bueno, al menos eres educada. Pero la próxima vez toca la puerta.
Papá Oso asintió:
—O grita. O no entres. En fin, cualquier cosa menos beberse el batido de otro.
Osito, sin poder evitarlo, rió:
—Aunque… si quieres, mañana hacemos otro. Pero yo elijo el sabor.
Ricitos se levantó despacio, dio un giro con sus rizos dorados como si estuviera en un teatro y dijo:
—Trato hecho. Pero solo si me dais la receta de ese batido de plátano.
Y así, entre sarcasmos, promesas y un aire raro de amistad, nació una historia que nadie olvidó:
la de una niña excéntrica y tres osos que aprendieron que lo diferente, a veces, es justo lo que necesitas.