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Los deseos ridículos
Había una vez, en una aldea muy antigua, una pareja de ancianos que vivía en una casita torcida al borde del bosque.
Eran buenos, trabajadores… pero siempre soñaban con tener algo más: un poco de riqueza, un banquete, quizá una vida menos dura.
Una noche de invierno, mientras el viento aullaba y las brasas de la chimenea chisporroteaban, apareció de pronto una figura misteriosa. Algunos dicen que era un duende, otros que era un hada disfrazada de mendigo. Lo cierto es que les dijo con voz hueca:
—Por vuestra bondad, os concedo tres deseos.
Pero cuidado: los deseos tienen la costumbre de cumplirse.
Dicho esto, desapareció como humo en la oscuridad.
Los ancianos se quedaron mudos. ¡Tres deseos! Aquello era la oportunidad de sus vidas.
Se sentaron junto al fuego, intentando pensar con calma.
—Tenemos que desear algo grande —decía él—, una fortuna, una mansión…
—O algo útil —contestaba ella—, salud, comida para todos los inviernos.
Pero cuanto más pensaban, más hambre les entraba. Y sin darse cuenta, el anciano murmuró:
—Ay, daría lo que fuera por una buena morcilla ahora mismo…
¡PUM! En un segundo, sobre la mesa apareció una morcilla humeante, perfecta, oliendo a especias y grasa.
El anciano abrió mucho los ojos. La anciana lo miró con la boca abierta.
—¡Has desperdiciado un deseo en una morcilla! —gritó ella.
La mujer, enfadada, señaló la morcilla con el dedo.
—¡Ojalá se te pegara a la nariz, para que aprendas a pensar antes de hablar!
¡PUM! La morcilla salió volando y se pegó con fuerza en la nariz del anciano, como si estuviera cosida.
Él forcejeó, tiró, empujó… pero nada. La morcilla no se soltaba.
—¡Ahora sí que estamos apañados! —chillaba el anciano, desesperado—. ¿Así me va a ver el pueblo? ¿Con una morcilla colgando de la cara?
Ambos se miraron, en silencio. Ya habían usado dos deseos:
uno en una morcilla… y otro en pegarla a la nariz.
Solo quedaba uno.
El anciano suspiró:
—Ojalá pudiéramos volver a estar como antes… aunque sin fortuna ni mansión.
Y entonces, ¡PUM! La morcilla desapareció de su nariz, y todo volvió a ser como al principio: la casa torcida, la chimenea pobre… y ningún deseo cumplido.
Los dos ancianos rieron nerviosamente. Al fin y al cabo, estaban igual que antes, pero con una historia absurda que contar.
Y desde aquel día, cada vez que alguien en el pueblo hablaba de pedir “lo que uno quiera”, ellos decían:
—Cuidado con lo que deseas. No vaya a ser… que termines con una morcilla pegada a la nariz.
Eran buenos, trabajadores… pero siempre soñaban con tener algo más: un poco de riqueza, un banquete, quizá una vida menos dura.
Una noche de invierno, mientras el viento aullaba y las brasas de la chimenea chisporroteaban, apareció de pronto una figura misteriosa. Algunos dicen que era un duende, otros que era un hada disfrazada de mendigo. Lo cierto es que les dijo con voz hueca:
—Por vuestra bondad, os concedo tres deseos.
Pero cuidado: los deseos tienen la costumbre de cumplirse.
Dicho esto, desapareció como humo en la oscuridad.
Los ancianos se quedaron mudos. ¡Tres deseos! Aquello era la oportunidad de sus vidas.
Se sentaron junto al fuego, intentando pensar con calma.
—Tenemos que desear algo grande —decía él—, una fortuna, una mansión…
—O algo útil —contestaba ella—, salud, comida para todos los inviernos.
Pero cuanto más pensaban, más hambre les entraba. Y sin darse cuenta, el anciano murmuró:
—Ay, daría lo que fuera por una buena morcilla ahora mismo…
¡PUM! En un segundo, sobre la mesa apareció una morcilla humeante, perfecta, oliendo a especias y grasa.
El anciano abrió mucho los ojos. La anciana lo miró con la boca abierta.
—¡Has desperdiciado un deseo en una morcilla! —gritó ella.
La mujer, enfadada, señaló la morcilla con el dedo.
—¡Ojalá se te pegara a la nariz, para que aprendas a pensar antes de hablar!
¡PUM! La morcilla salió volando y se pegó con fuerza en la nariz del anciano, como si estuviera cosida.
Él forcejeó, tiró, empujó… pero nada. La morcilla no se soltaba.
—¡Ahora sí que estamos apañados! —chillaba el anciano, desesperado—. ¿Así me va a ver el pueblo? ¿Con una morcilla colgando de la cara?
Ambos se miraron, en silencio. Ya habían usado dos deseos:
uno en una morcilla… y otro en pegarla a la nariz.
Solo quedaba uno.
El anciano suspiró:
—Ojalá pudiéramos volver a estar como antes… aunque sin fortuna ni mansión.
Y entonces, ¡PUM! La morcilla desapareció de su nariz, y todo volvió a ser como al principio: la casa torcida, la chimenea pobre… y ningún deseo cumplido.
Los dos ancianos rieron nerviosamente. Al fin y al cabo, estaban igual que antes, pero con una historia absurda que contar.
Y desde aquel día, cada vez que alguien en el pueblo hablaba de pedir “lo que uno quiera”, ellos decían:
—Cuidado con lo que deseas. No vaya a ser… que termines con una morcilla pegada a la nariz.