Un día de hija única
Aquel día parecía muy especial. La hermana pequeña se había ido de excursión con el colegio. Iban a un parque de atracciones y, por la noche, dormirían todos juntos en el colegio. Habían llevado tiendas de campaña, la cena, la merienda y hasta un poco de dinero para comprar un delicioso gofre en el parque.
Mientras tanto, la hermana mayor se quedaba sola en casa con sus padres. Aunque echó un poquito de menos a su hermana, sobre todo a la hora de jugar, aceptó muy bien la situación. Pensó que, por un día, descubriría cómo era ser hija única.
La primera sorpresa llegó muy pronto: ¡había llegado un armario nuevo para su habitación! Tocaba hacer un montón de trabajo, pasando toda la ropa del armario viejo al nuevo. Entre camisetas, pantalones y vestidos, apenas tuvo tiempo para jugar.
Cuando terminaron una buena parte del trabajo, su madre le propuso ir a la piscina. Allí pasaron una tarde estupenda.
Lo que más le llamó la atención fue un bebé que tenía unos muslitos enormes y muy redonditos.
—¡Mira qué muslos tan gorditos! —dijo riéndose.
Su madre sonrió.
—¿Sabes una cosa? Antes de que naciera tu hermana, tú también tenías unos muslitos así de gorditos.
La hermana mayor se imaginó siendo un bebé tan rechoncho como aquel y no pudo evitar reírse. Estaba convencida de que era el bebé con los muslos más grandes que había visto nunca.
Al volver a casa, siguieron pasando ropa de un armario al otro. Como el armario nuevo era un poco más pequeño, no cabía toda la ropa. Decidieron dejar preparada la de verano y guardar la de invierno para organizarla al día siguiente.
Después llegó la hora de cenar.
Como la hermana pequeña no estaba, aquella noche prepararon una cena especial para la hermana mayor: una riquísima hamburguesa vegetal peruana. Estaba tan buena que incluso compartió un poquito con su madre.
Cuando llegó la hora de dormir apareció un pequeño problema.
Su cama seguía llena de ropa porque todavía no habían terminado de ordenar el armario. Así que aquella noche tendría que dormir con su madre.
Y ahí fue cuando empezó la parte más divertida de la historia.
La hermana mayor no sabía que, cuando la hermana pequeña dormía con mamá, le encantaba que la abrazara, le diera besitos, le hiciera cosquillas y muchísimos mimos. Las dos dormían tan felices.
Pero la hermana mayor ya estaba creciendo y eso de los mimos mientras dormía... ¡ya no le hacía tanta gracia!
Nada más acostarse, notó que mamá se acercaba un poquito.
—¿Un abrazo? —parecía decir.
—¡Uy, no, gracias! —pensó ella.
Entonces mamá rozó su pierna.
—¡Ay, mamá!
Después intentó acercarle un pie.
—¡No, no, no!
Luego un brazo.
—¡Mamáaa!
Y, cuando mamá decidió acercarle solo el dedo meñique, pensando que era un mimo pequeñito...
¡Plof!
La hermana mayor dio un saltito tan rápido que casi salió volando de la cama para escapar de aquel dedito tan cariñoso.
Mamá se quedó sorprendida... y enseguida empezó a reírse.
La hermana mayor también acabó riéndose de lo divertida que había sido la situación.
Y papá, que estaba viendo toda la escena, dijo entre risas:
—¿Podemos dormir ya, por favor?
Los tres soltaron una gran carcajada.
Aquella noche todos aprendieron algo muy importante.
Cada persona demuestra el cariño de una manera diferente. Hay quienes disfrutan con muchos abrazos y mimos, y hay quienes prefieren tener un poquito más de espacio. Y las dos formas están bien.
Lo verdaderamente importante es que, aunque unas veces estemos todos juntos y otras veces alguno esté de excursión, aunque un día toque ordenar un armario o dormir en otra cama, el amor de una familia siempre permanece.
Y esa fue la gran enseñanza que se llevó la hija única... por un día.
Una enseñanza que recordaría no solo aquel día, sino durante toda su vida.