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Ilustración de EL REENCUENTRO
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EL REENCUENTRO

Escrito por María Pareja Olcina 10/11/2025 Original
Esta es la historia de dos enamorados que, a pesar del paso del tiempo y las dificultades, nunca dejaron de ser uno para el otro. Mis abuelos se conocieron cuando apenas eran adolescentes, en una España marcada por las cicatrices de la Guerra Civil y el hambre de la posguerra. Corría el año 1944, y Herminio y María se cruzaron por primera vez en el desfile de la banda de música de un pequeño pueblo.

Herminio, con solo trece años, siempre había sentido que la música era su refugio, el único lugar donde podía encontrar la calma que su energía constante y su naturaleza inquieta nunca le permitían. Su amor por la trompeta lo había llevado a practicar sin descanso, entrando en ese estado de concentración plena donde cada nota le daba un propósito y le apaciguaba el alma. Aquella mañana, mientras se preparaba para el desfile en un pueblo vecino, los nervios lo invadían. Aunque había ensayado las canciones hasta el cansancio, había una pieza que lo desafiaba: La Virgen de la Macarena. Era una composición que le inquietaba porque, a diferencia de otras, en esta su trompeta era la protagonista, y se sentía sin el respaldo habitual de la banda.

El joven siempre había sido una persona muy intuitiva, de esas que, sin explicación aparente, sentía en lo más profundo cuando algo importante estaba a punto de suceder. Decía que era como si su corazón le susurrara al oído, como si anticipara el cambio que estaba por venir. Aquella mañana, cuando apenas despuntaba el alba, Herminio se levantó con esa misma sensación. Sabía, sin saber exactamente por qué, que ese no sería un día cualquiera, que ese desfile no solo sería una actuación más, sino el comienzo de algo que marcaría su vida para siempre.

Mientras marchaban por las calles del pueblo, Herminio se dejó llevar por la música. Se concentró en cada nota; el mundo desaparecía y solo estaban él y su instrumento, en sintonía con algo mayor: la banda. Se sintió confiado, pero pronto llegó el momento de tocar la temida canción La Virgen de la Macarena. Era la única en la que su trompeta era protagonista y, al principio, sus dedos temblaban. Tuvo que concentrarse en las notas; la gente del pueblo lo miraba con alegría, hacía tiempo que no escuchaban música en directo. Poco a poco, logró relajarse, se evadió del contexto y se dejó llevar por la melodía, como si estuviera bailando con su trompeta. Ahora sí que lo estaba disfrutando, y levantó la mirada para ver si los espectadores compartían ese sentimiento. Fue entonces cuando la vio por primera vez.

María, con catorce años, se encontraba de pie entre la multitud, irradiando una belleza tranquila y una madurez que resaltaba en su joven figura. Herminio, que hasta ese momento solo había sentido el poder de la música moviéndolo, de repente sintió algo más. Sus ojos se encontraron, y en ese instante la música dejó de ser lo único que lo llenaba. La banda avanzaba, pero él no quería moverse; solo quería saber su nombre. Disimuladamente, cambió de posición mientras tocaba, acercándose poco a poco a ella, dejando que las hormonas y el destino tomaran el control.

—Buenas tardes, señorita. He venido con la banda y no he podido evitar fijarme en usted desde que empecé a tocar. ¿Le gusta la música?

Herminio y María soñaban con el momento en que podrían verse, y durante la semana las cartas que intercambiaban confirmaban una conexión que iba más allá de la pasión de dos jóvenes. Cuando se encontraban, las horas parecían volar y, mientras se abrazaban, susurraban al reloj que no marcara las horas, como en la canción de Los Panchos El reloj.

Ambos soñaban con construir un futuro mejor, y para ello Herminio comenzó a trabajar en las Salinas de Torrevieja, un lugar donde los temporeros soportaban el calor abrasador mientras extraían la sal de las lagunas bajo el sol implacable de Alicante. El trabajo era duro, con jornadas interminables bajo temperaturas sofocantes, pero ni la humedad ni el calor podían disuadirlo, impulsado por la esperanza de conseguir una parte de la casa familiar donde podrían empezar su vida juntos. En su cabeza, la banda sonora de Los Panchos se reproducía una y otra vez, como un eco que lo conectaba con María. Especialmente la canción Si tú me dices ven, que para Herminio simbolizaba la promesa de un futuro juntos, un reencuentro inevitable a pesar de la distancia. Cada vez que se encontraban, él le cantaba Bésame mucho, como si las letras pudieran expresar exactamente lo que sentía.

Cuando se casaron en 1954, María llevaba un traje negro que simbolizaba su origen humilde. Su boda marcó el inicio de una relación que empezaría marcada por la escasez, pero con un amor que superaba cualquier riqueza material. Ese amor, forjado a lo largo de los años, había crecido con la tinta de sus plumas y se había macerado al ritmo de boleros y baladas que sellaban su profunda conexión.

Tras el nacimiento de sus dos hijos, ese amor fue puesto a prueba de nuevo cuando la posibilidad de vivir en la casa familiar se desvaneció. Herminio, movido por su sentido de responsabilidad hacia su familia, tomó la difícil decisión de aceptar un trabajo en Alemania, lejos de sus seres queridos. Sabía que la distancia sería mayor que nunca, pero también que era necesaria para asegurarles un futuro. Era 1960, cuando España y Alemania firmaron un convenio que permitió emigrar a más de medio millón de españoles. Él se fue en 1963, con un contrato de cuatro años.

El viaje fue incómodo y largo. Herminio nunca había soñado con viajar tan lejos. Se sentó en un tren con asientos de madera, sin calefacción y abarrotado de otros como él. En las caras de los demás veía la emoción de aquellos jóvenes que soñaban con un futuro mejor, pero él solo pensaba en lo que dejaba atrás: su familia, a María. Apoyó la cabeza en la ventanilla y una lágrima rodó por su mejilla; con disimulo la apartó, porque los hombres no lloran, y su tristeza contrastaba con la euforia del vagón. Nuevamente, escuchó en su cabeza una canción de Los Panchos, Me voy pa’l pueblo. La letra, que hablaba de regresar a las raíces, de encontrar un lugar propio, reflejaba su propio deseo de volver a su hogar, con los suyos.

Herminio, como muchos otros inmigrantes, se enfrentó a un gran desafío al trabajar en la construcción de vías de tren en Alemania. Las duras condiciones de las Salinas y del campo habían forjado su cuerpo para soportar largas jornadas bajo el frío y el esfuerzo físico extremo. Sin embargo, mientras colocaba rieles bajo el cielo gris, su mente siempre regresaba a María. Cada golpe de martillo lo acercaba a ella, a su familia. Se aferró a la idea de que en poco tiempo todo acabaría y vendrían tiempos mejores. Pero otras veces, en su cabeza sonaba la melodía de Sin ti de Los Panchos, porque a veces no podía evitar que lo invadiera la melancolía y la soledad.

A pesar de esta soledad que se siente en tierra extraña, sacó fuerzas de donde pocos podrían. Al cabo de un año en Alemania, realizó un viaje intermedio para visitar a su familia, un reencuentro que fue crucial en su vida. Durante ese encuentro con María concibieron a su tercer hijo. La idea de regresar a casa, con una familia numerosa, se convirtió en su mayor motivación para seguir adelante.

En el año 2012, Herminio se convierte en bisabuelo. La pequeña llevaría el nombre de María, porque para él no existía un nombre más hermoso, más lleno de significado, pues evocaba el legado de amor que ambos habían construido. El nombre María simbolizaba para la familia una promesa: que ese amor trascendería generaciones.

Sin embargo, ahora la distancia no la marcan los kilómetros, sino su propia memoria. Él ya no es el hombre que alguna vez fue. La vejez ha traído consigo la pérdida de recuerdos y la confusión. Su mujer lo cuida, como siempre, pero a veces él no la reconoce.

—Herminio, Herminio, ¿dónde estás? —pregunta María, con un nudo en la garganta.
—¿Quién eres tú? ¿Y dónde está mi mujer? —responde él, confundido.
—Soy yo, Herminio. Estoy aquí. ¿No lo ves?

Pero él niega con la cabeza, incapaz de reconciliar la imagen de la mujer que tiene ante él con la joven María que habita en su memoria. María lo toma de la mano y lo conduce al salón, donde pide a Alexa que reproduzca Alma, corazón y vida. La melodía inunda la casa como una suave brisa de verano y la mirada de Herminio cambia. Reconoce a su mujer en esos ojos almendrados y encogidos. En su mente, se suceden las imágenes del pasado, como si una película íntima y emocional se proyectara ante él.

Recuerda la primera vez que vio a María en aquel desfile. También cuando lo esperó por primera vez en su pueblo, con el vestido azul y el pelo suelto. Recuerda el día que regresó de Alemania y ella y sus hijos lo esperaban en la estación de tren. Recuerda las cartas llenas de confidencias y las noches en las que le cantaba canciones de Los Panchos.

Los dos se abrazan, como si el tiempo no hubiera pasado, y bailan juntos, reviviendo, a través de la música, todos los reencuentros que los mantuvieron unidos. Herminio, aunque a veces se pierde en sus propios recuerdos, siempre vuelve a encontrar su camino de regreso a María. Porque, al final, su historia no es solo la de dos enamorados, sino la de dos almas que, a pesar de las dificultades, siempre se reencontraron.

Después del Alzheimer, la distancia entre Herminio y María ya no la marcó la memoria, sino la muerte misma. No tengo ninguna duda de que siguieron amándose y esperándose, incluso cuando él ya no vivía. En la mente quebradiza de ella solo podía escuchar la letra de Historia de un amor de Los Panchos, hasta que no pudo más y su miedo a morir se vio superado por el deseo de encontrarse con él.

Un día, en sueños, vinieron a decirme que se habían reencontrado, que estaban juntos de nuevo. Y así fue: unas horas después, mi madre me confirmó la muerte de mi abuela.

Solo Quevedo se acercó a describir el final de una vida marcada por la distancia y los reencuentros:

Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Y así, en ese reencuentro eterno, su amor constante e inmortal prevalece como un eco en mi memoria que se niega a apagarse.

A mis abuelos, María y Herminio.

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