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El claro de los valientes
Era un día soleado de primavera, y la clase de 5.º de primaria estaba de excursión en el bosque. Llevaban mochilas llenas de bocadillos, cantimploras y libretas para apuntar cosas curiosas. El profesor iba delante, y todos los niños y niñas caminaban detrás como una serpiente de colores.
Luna, Hugo y Nil eran inseparables. Siempre andaban juntos, riéndose de cualquier tontería. Ese día, mientras los demás miraban flores o apuntaban los nombres de los árboles, ellos se entretuvieron recogiendo piñas raras y piedras con formas graciosas.
—¡Mirad esta! Parece una estrella —dijo Nil, levantando una piedra brillante.
—¡Y esta piña parece un dragón! —rió Hugo.
—¡Venga, corred, que si no nos dejan atrás! —apresuró Luna, pero su voz sonaba más emocionada que preocupada.
Entre risas y carreras, se fueron metiendo por un sendero lateral. No parecía peligroso: los árboles eran altos, y había flores violetas por todas partes. Pero cuando levantaron la vista… ya no estaba la clase.
Silencio. Solo pájaros y ramas moviéndose con el viento.
—¿Dónde están todos? —preguntó Nil, con un nudo en la garganta.
—Creo que nos hemos perdido… —susurró Luna.
Por un momento, los tres se quedaron muy quietos. El bosque, que antes parecía divertido, ahora daba un poco de miedo.
—Vale, no entremos en pánico —dijo Hugo, intentando sonar seguro—. ¿Qué es lo que hay que hacer si te pierdes en el bosque?
Luna levantó un dedo, como si estuviera en clase:
—Primero: no hay que correr ni separarse. Eso lo dijo la seño en la reunión de la excursión.
—Segundo: buscar un sitio seguro y visible —añadió Nil, recordando algo que había escuchado en un documental.
—Y tercero: guardar fuerzas y agua —completó Hugo, sacando su cantimplora.
Los tres se miraron, un poco asustados pero orgullosos de acordarse de las normas.
Cerca había un roble enorme. Decidieron sentarse allí y hacer algo para que los vieran desde el aire. Juntaron piedras y formaron un círculo en el suelo.
—Así, si pasa un helicóptero, lo verá —explicó Luna.
Nil sacó de su mochila la única barrita de cereales que quedaba. La partieron en tres trozos y la compartieron.
—Yo tengo un poco de agua. La racionamos —dijo Hugo, bebiendo solo un sorbo y pasando la cantimplora.
El tiempo pasó lento. El sol se fue escondiendo, y el bosque se volvió más oscuro. Nil empezó a llorar bajito.
—¿Y si no nos encuentran? —preguntó entre sollozos.
Hugo le cogió la mano con firmeza:
—Nos encontrarán. Hemos hecho lo correcto: quedarnos juntos y visibles.
Para distraerse del miedo, Luna tuvo una idea:
—Hagamos un juego. Vamos a decir algo bueno de cada uno. Yo empiezo: Hugo siempre se acuerda de las reglas y eso me hace sentir tranquila.
—Nil me hace reír hasta cuando tengo miedo —añadió Hugo.
Nil se secó las lágrimas y sonrió:
—Y Luna… nunca se rinde. Eso me da valor.
De pronto, entre los árboles se oyó un ruido. ¡Un ladrido! Luego una linterna iluminó el claro.
—¡Un perro de rescate! —gritó Nil emocionado.
Tras el perro, aparecieron policías, profes y, un poco más atrás, sus padres corriendo.
—¡Aquí estamos! ¡Nos quedamos juntos! ¡Hicimos un círculo de piedras! —gritó Luna.
Los adultos los abrazaron fuerte, con lágrimas en los ojos.
—Lo habéis hecho muy bien —dijo un policía—. Muchos niños se asustan y corren, pero vosotros habéis tenido calma y valentía. Eso os ha salvado.
Esa noche, los tres amigos hablaron por videollamada. Habían sentido miedo, sí. Pero también habían aprendido algo muy importante: juntos eran más fuertes, y habían demostrado que sabían mantener la calma.
Al día siguiente, en el cole, todos les miraban como héroes. Desde entonces, si alguien tenía un problema, siempre decía:
—Voy a preguntarle al equipo del claro de los valientes.
Luna, Hugo y Nil eran inseparables. Siempre andaban juntos, riéndose de cualquier tontería. Ese día, mientras los demás miraban flores o apuntaban los nombres de los árboles, ellos se entretuvieron recogiendo piñas raras y piedras con formas graciosas.
—¡Mirad esta! Parece una estrella —dijo Nil, levantando una piedra brillante.
—¡Y esta piña parece un dragón! —rió Hugo.
—¡Venga, corred, que si no nos dejan atrás! —apresuró Luna, pero su voz sonaba más emocionada que preocupada.
Entre risas y carreras, se fueron metiendo por un sendero lateral. No parecía peligroso: los árboles eran altos, y había flores violetas por todas partes. Pero cuando levantaron la vista… ya no estaba la clase.
Silencio. Solo pájaros y ramas moviéndose con el viento.
—¿Dónde están todos? —preguntó Nil, con un nudo en la garganta.
—Creo que nos hemos perdido… —susurró Luna.
Por un momento, los tres se quedaron muy quietos. El bosque, que antes parecía divertido, ahora daba un poco de miedo.
—Vale, no entremos en pánico —dijo Hugo, intentando sonar seguro—. ¿Qué es lo que hay que hacer si te pierdes en el bosque?
Luna levantó un dedo, como si estuviera en clase:
—Primero: no hay que correr ni separarse. Eso lo dijo la seño en la reunión de la excursión.
—Segundo: buscar un sitio seguro y visible —añadió Nil, recordando algo que había escuchado en un documental.
—Y tercero: guardar fuerzas y agua —completó Hugo, sacando su cantimplora.
Los tres se miraron, un poco asustados pero orgullosos de acordarse de las normas.
Cerca había un roble enorme. Decidieron sentarse allí y hacer algo para que los vieran desde el aire. Juntaron piedras y formaron un círculo en el suelo.
—Así, si pasa un helicóptero, lo verá —explicó Luna.
Nil sacó de su mochila la única barrita de cereales que quedaba. La partieron en tres trozos y la compartieron.
—Yo tengo un poco de agua. La racionamos —dijo Hugo, bebiendo solo un sorbo y pasando la cantimplora.
El tiempo pasó lento. El sol se fue escondiendo, y el bosque se volvió más oscuro. Nil empezó a llorar bajito.
—¿Y si no nos encuentran? —preguntó entre sollozos.
Hugo le cogió la mano con firmeza:
—Nos encontrarán. Hemos hecho lo correcto: quedarnos juntos y visibles.
Para distraerse del miedo, Luna tuvo una idea:
—Hagamos un juego. Vamos a decir algo bueno de cada uno. Yo empiezo: Hugo siempre se acuerda de las reglas y eso me hace sentir tranquila.
—Nil me hace reír hasta cuando tengo miedo —añadió Hugo.
Nil se secó las lágrimas y sonrió:
—Y Luna… nunca se rinde. Eso me da valor.
De pronto, entre los árboles se oyó un ruido. ¡Un ladrido! Luego una linterna iluminó el claro.
—¡Un perro de rescate! —gritó Nil emocionado.
Tras el perro, aparecieron policías, profes y, un poco más atrás, sus padres corriendo.
—¡Aquí estamos! ¡Nos quedamos juntos! ¡Hicimos un círculo de piedras! —gritó Luna.
Los adultos los abrazaron fuerte, con lágrimas en los ojos.
—Lo habéis hecho muy bien —dijo un policía—. Muchos niños se asustan y corren, pero vosotros habéis tenido calma y valentía. Eso os ha salvado.
Esa noche, los tres amigos hablaron por videollamada. Habían sentido miedo, sí. Pero también habían aprendido algo muy importante: juntos eran más fuertes, y habían demostrado que sabían mantener la calma.
Al día siguiente, en el cole, todos les miraban como héroes. Desde entonces, si alguien tenía un problema, siempre decía:
—Voy a preguntarle al equipo del claro de los valientes.