El Valle Encantado - Cuentos Infantiles Creados por Humanos
Ilustración de La Habitación de los Sueños
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La Habitación de los Sueños

Escrito por Peter Coin 06/09/2025 Original
Había una vez un padre que quería darle a su hija algo muy especial. Durante semanas había estado trabajando en secreto, midiendo, pintando y montando muebles. Quería reformar su habitación y convertirla en un lugar mágico, único, solo para ella.

Cuando al fin terminó, la llamó:
—¡Hija, ven, tengo una sorpresa!

La niña entró en su nueva habitación y no podía creer lo que veía: una cama litera con un espacio secreto abajo, luces LED de mil colores que parecían estrellas, y un portátil con una tarjeta gráfica potentísima donde podía jugar a Roblox, Minecraft y todo lo que le gustaba. Cada rincón tenía un detalle pensado para ella.

—¡Papá, es la habitación más chula del mundo! —exclamó, saltando de alegría.

El padre sonrió, feliz de ver su cara iluminada, pero en el fondo de su corazón sintió una punzadita de nostalgia.
—¿Te imaginas —pensó— lo que habría sido tener algo así cuando yo era niño?

Aquella noche, cuando todos dormían, el padre también soñó. En su sueño, había vuelto a tener siete años. Entraba en la habitación y todo brillaba: las luces de colores lo envolvían, la litera se transformaba en un castillo secreto y el ordenador parecía un portal a mundos infinitos. Corrió, jugó, rió… como un niño que descubría un universo nuevo.

Pero poco a poco, el sueño se deshizo como arena entre los dedos, y el padre abrió los ojos. Estaba de nuevo en su cama, con su vida adulta y sus recuerdos. Por un momento sintió tristeza, hasta que escuchó un murmullo.

La puerta de la habitación de su hija estaba entreabierta. Se levantó y miró: la niña estaba despierta, con la cara iluminada por las luces LED, explorando Minecraft y riendo sola, maravillada.

El padre se quedó en silencio, con una sonrisa suave.
—Quizá yo no tuve esta habitación de pequeño… —pensó—, pero sí tuve mi propia infancia, a mi manera. Y ahora, lo más bonito es poder regalarle a ella la suya.

Y con el corazón tranquilo, entendió que no se trataba de revivir lo que él no tuvo, sino de sembrar la alegría y la gratitud en su hija.

A la mañana siguiente, cuando desayunaban, le dijo:
—Cariño, espero que algún día entiendas lo especial que es esta habitación. Porque lo más valioso no son las luces ni los juegos, sino que sepas valorar lo que tienes y lo disfrutes.

La niña lo abrazó fuerte, y el padre pensó:
—No necesito volver a ser un niño. La magia está aquí, en verla crecer feliz.

Y así, con la habitación de los sueños brillando cada noche, padre e hija compartieron algo más poderoso que los videojuegos o las luces: el regalo de la gratitud y del amor.

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